lunes, 8 de noviembre de 2010

El edén subvertido

Luis García Montero (Público)

Tema: México

Ramón López Velarde, el gran poeta mexicano de los recuerdos sosegados y las rimas intrépidas, llamó edén subvertido a su ciudad natal, Jerez, cuando la violencia de las tropas federales manchó la cal de las paredes con el mapa negro de la fusilería. “Mejor será no regresar al pueblo / al edén subvertido que se calla / en la mutilación de la metralla”, escribió en su poema “El retorno maléfico”. Una desolación parecida sienten hoy muchos mexicanos ante el espectáculo diario de la violencia relacionada con el narcotráfico.

Ni siquiera el poder de la costumbre o la terquedad anestésica de las noticias cotidianas pueden suavizar el pavor de la realidad. Desde el año 2006, desde que Felipe Calderón asumió la presidencia y declaró la guerra al narcotráfico, se han registrado más de 28.000 muertes. Es decir, las cifras oficiales contabilizan ya más víctimas que las provocadas por los conflictos bélicos de la Independencia o por la guerra contra los Estados Unidos. Se está produciendo, además, un verdadero asalto a la política, una agresión al poder público mexicano, a través de la ejecución de alcaldes y de las tramas corruptas que devoran la vigilancia institucional. ¿Se puede asumir tanta muerte, blanqueada después, como el dinero, en los vericuetos de la ingeniería económica?

Perdonen que recurra una vez más a la literatura, pero la gran tradición poética mexicana es para mí el símbolo de un país sólido, hermoso y moderno, que necesita resistir ante la fusilería del narcotráfico. En Los demonios y los días, uno de los libros más bellos de la poesía hispánica del siglo XX, Rubén Bonifaz Nuño escribió que sólo es verdadero aquello que hacemos para compartirlo con los otros. Y recordó al albañil que coloca una piedra, o al benemérito San Felipe que hizo florecer una higuera seca, o al soldado que muere por las cosas que sentimos justas. La diferencia es que el albañil deja una casa, San Felipe una higuera y el soldado sólo un hombre que se pudre. “Tiene que admitirse: no hay nada / que pueda explicar el asesinato”, concluye Bonifaz.

No hay nada que pueda justificar los 28.000 muertos de Felipe Calderón. Creo que se equivocan los que piden un ejército mejor armado para combatir las fuerzas del narcotráfico, porque sólo facilitaría el recrudecimiento de una guerra inútil y el peligro de una sociedad militarizada. Hay ya demasiados cadáveres como para no intentar la búsqueda de un camino distinto. ¿Por qué seguir con el cinismo internacional de la ilegalización de la droga? El narcotráfico no es un problema de límites mexicanos. Este país, que no está condenado a la violencia por ningún mandato divino, se encuentra en guerra consigo mismo porque es zona de paso entre los grandes productores de América del Sur y los consumidores del Norte. Como la Constitución de los Estados Unidos aplaude el derecho de cualquier ciudadano a armarse, se han abierto más de 6.000 armerías junto a la frontera mexicana. El 90% de las armas requisadas por la policía al narcotráfico son de origen norteamericano.

¿Por qué no se ilegalizan las armas en vez de la droga? El consumo es un problema privado que tiene que ver con la libertad y la salud de cada uno. El tráfico de sustancias ilegales es un problema de orden social que provoca delincuencia, muerte, productos adulterados, desarraigo social y corrupción. Se le otorga al dinero un poder que impide cualquier horizonte ético. Muchos mexicanos analizan las estadísticas y llegan a sospechar que los golpes policiales sólo sirven para favorecer los intereses de unas bandas frente a otras. Y hablando de ilegalizar, ¿por qué no se ilegaliza la pobreza? ¿Por qué no se impide que algunos tratados económicos arruinen los campos y dejen a los campesinos abandonados al dinero rápido de los narcotraficantes? Quien visite una cárcel, ya sea en México o en España, podrá comprender con rapidez que el problema no es la droga, sino la pobreza, la gran condena humana de siempre. Vivimos en un mundo que trafica con seres humanos.

Hay que tener la valentía de estudiar cómo debe legalizarse la droga. Sólo así se cumplirán los deseos de La suave patria de López Velarde: “Te dará, frente al hambre y al obús, / un higo San Felipe de Jesús”. Lo que Velarde le pedía a San Felipe, debemos exigirlo nosotros a una razón que parece no necesitar la droga para vivir y actuar de forma alucinada.

Capitalismo o democracia

Augusto Klappenbach (Público)

Tema: Política

Decía Clemenceau que la guerra era una cuestión demasiado importante para dejársela a los generales. Hoy podríamos decir lo mismo de la economía y los economistas, extendiendo ese consejo a los políticos, que suelen ejercer como economistas aunque lo ignoren todo sobre esa disciplina. De modo que me voy a permitir opinar sobre el sistema capitalista sin más títulos que el de vivir en él, y confesando de entrada mi total desconocimiento acerca de la ciencia económica (si es que tal cosa existe), ignorancia que comparto con miles de millones de personas. Incluyendo quizás a muchos economistas.

Si algo ha dejado en claro la crisis actual es la radical contradicción entre el capitalismo financiero y la democracia. Si esta última exige –entre otras cosas– que sean los representes políticos de las mayorías quienes tomen las decisiones acerca del gobierno de una nación, la situación actual demuestra que las medidas económicas escapan casi por completo a su voluntad. Las subidas y bajadas de la moneda, los ajustes en los impuestos, los recortes a los gastos sociales, dependen de poderes anónimos que imponen sus decisiones a los gobiernos sin que la voluntad popular pueda intervenir. Los mismos sectores que han causado la crisis y que han sido ayudados por los gobiernos para superarla imponen ahora sus recetas bajo la amenaza de retirar su confianza a los poderes públicos.

Cuando comenzó la crisis muchos pensamos, ingenuamente, que era una ocasión para poner en duda los dogmas de la economía neoliberal y que el resultado sería un mayor control democrático de los poderes económicos. Nos equivocamos. Hoy sabemos que el resultado es exactamente el opuesto: la crisis ha servido para desmantelar, al menos en parte, el relativo Estado del bienestar que teníamos en Europa y aumentar el poder de esos mercados anónimos que ocasionaron la crisis. No soy partidario de las teorías conspirativas, pero, vistas algunas de las últimas medidas tomadas en nuestro continente (disminución de gastos sociales, disminución de las ayudas al desarrollo, reformas laborales que anulan derechos adquiridos, etc.), hay que pensar que el resultado responde a las intenciones de quienes organizan la vida económica sin someterse a ningún control ajeno a sus intereses.

Y ello no sucede por una supuesta perversidad de nuestros dirigentes políticos y ni siquiera de aquellos que controlan los mercados, sino por exigencias del propio sistema. Sería contrario a la lógica interna del capitalismo financiero, cuyo único objetivo es conseguir el mayor beneficio posible para sus gestores, pedirle que oriente sus inversiones para satisfacer las necesidades reales de la población, incluso de aquellos sectores poco o nada productivos. Esa sería una obligación de nuestra devaluada democracia, pero nunca podrá ser un resultado de las leyes del mercado, cuyo principio fundacional es la competencia y la consiguiente supervivencia de los más fuertes, en una copia simplista de las leyes naturales de la evolución.

En los viejos tiempos del capitalismo industrial, y pese a sus injusticias, la economía estaba al menos orientada a la producción de bienes y el sector del trabajo podía jugar un papel que, aunque no fuera determinante, era capaz de ejercer alguna influencia en la vida económica. De hecho, el modesto Estado del bienestar que llegó a imponerse en muchas partes fue el resultado de esta presión que ejercieron los trabajadores. Pero hoy la posibilidad de esa presión ha disminuido. Sería absurdo pensar, por ejemplo, en una huelga contra los mercados financieros, entre otras razones porque el poder económico ha perdido su rostro: ya no existe un patrón al que pedir responsabilidades sino una anónima red de despachos, muchos de ellos establecidos en paraísos inmunes a cualquier control legal.

Desde mi absoluta ignorancia sobre economía y aceptando de antemano la acusación de ingenuidad, pregunto: ¿existe alguna razón –aparte de las que ya todos sabemos– por la cual no se pueda extender la democracia a la economía? ¿Por qué no puede gestionarse democráticamente al menos el sector financiero? Entiendo que un restaurante o una peluquería sean propiedad de sus dueños, pero ¿también deben estar en manos privadas los bancos, las empresas estratégicas o el mercado de divisas? ¿De dónde procede el dogma de que el sector privado es más eficiente que el público, como no sea de una concepción de la eficiencia como pura productividad?

De hecho, en la historia se han sucedido diversos sistemas productivos. ¿No habrá llegado el momento, aprovechando la crisis actual, de poner en cuestión el sistema capitalista en su conjunto y no sólo algunos aspectos de su gestión? ¿El fracaso del “socialismo real” implica que cualquier sistema que pretenda poner la vida económica en función de las necesidades de la sociedad está condenado de antemano al fracaso? ¿Habrá que suscribir la delirante tesis del “fin de la historia” y suponer que el capitalismo liberal constituye el estadio definitivo de la humanidad?

Estas preguntas conducen al peligroso terreno de la utopía. Porque la pregunta que sigue sería: ¿qué sistema alternativo se propone? Y ya sabemos que algunas respuestas pueden tener consecuencias más temibles que las preguntas. Pero creo que mientras no se ponga en cuestión el sistema actual en su conjunto, abriendo un debate que no se limite a discutir sobre técnicas de maquillaje y se acepte la necesidad de organizar de otra manera la vida económica, la mayoría de los seres humanos lo van a pasar muy mal.

Angélica Liddell: "Es normal estar en el mundo del teatro y detestarlo"

Jesús Ruiz Mantilla (El País)

Tema: Cultura

Voluntariamente aislada, Angélica Liddell es una rara avis del mundo del teatro. Pero sus espectáculos radicales, incisivos, incómodos, ganan adeptos en España y Europa.

Harta me tenéis con lo de nihilista…”. Quizá tenga razón Angélica Liddell (Figueres, Girona, 1966) y sea necesario huir de las etiquetas a la hora de definirla. Su teatro no es fácil. Nace de la indignación, de una fantasía bastarda pero devota de los mitos, los cuentos y una realidad opresiva, asfixiante. Es radical y frágil. Molesta y perversa. Un talento raro, una voz incómoda.

Empezó a tientas. Sabía que necesitaba sacar de dentro discursos duros. De niña leía compulsivamente en el cuartel donde se educó junto a su familia. Su padre, militar, no impidió esa necesidad y estudió arte dramático y psicología. Hoy es toda una outsider, inadaptada a conciencia, a veces impenetrable, dubitativa y juguetona. De lo único que no tiene dudas es de su equipo: el Real Madrid.

Del resto, vive en permanente conflicto con el ansioso empuje que le proporciona la paradoja creativa. Cita a Unamuno y Homero. Shakespeare y la Biblia son sus dos guías principales. Se indigna y se carcajea a partes iguales. Ha creado espectáculos de premio, como El año de Ricardo y Mi relación con la comida, otros como Y cómo no se pudrió… Blancanieves, Y los peces salieron a combatir contra los hombres o Perro muerto en tintorería.

Desde hace cuatro años vive trotando por el mundo con sus obras, representadas con éxito en España y por Europa. Entra y sale del espejo con una habilidad desconcertante. De algo le vale el mote. Su Liddell se lo debe a Alicia. Pero Angélica no vive en el país de las maravillas, sino en el reino oscuro de la desesperanza.

- Usted escribe todas sus obras, las interpreta, las dirige. ¿Qué nombre le damos a eso?

- Yo tengo una necesidad compulsiva de expresar mis sentimientos y utilizo todos los medios a mi alcance.

- ¿Por qué en el teatro?

- No sé por qué. Nunca se saben esas cosas. No sé si fue una elección, seguramente me sentía cómoda en un escenario. Escribía obras larguísimas con 13 años, dialogadas, espantosas, melodramas pesadísimos.

- ¿Melodramas? ¿Espantosos? ¿De qué iban? ¿Ya estaba obsesionada con Alicia? Su Liddell viene de ahí…

- Bueno, pero eso es porque me hubiera gustado que me escribieran un libro así.

- A falta de rapsodas así en su vida, usted se lo guisa y usted se lo come, ¿no?

- Desde muy pequeña escribía diarios. Mi relación con la palabra es muy temprana. Leía muchísimo, incluso libros para adultos, desde el Reader’s Digest hasta lo que encontrara. Era compulsiva. Yo procedo de una familia no muy culta y mi manera de rebelarme contra eso era leer.

- ¿Lo más subversivo que podía hacerse en un cuartel en pleno final del franquismo era leer?

- Quizá yo tuviera esa intuición. A los siete o a los 12 años no sabes qué es subversivo o revulsivo, seguramente había un instinto de rebelión que me empujaba hacia la lectura.

- Una infancia con siete años metida en el ‘Reader’s Digest’ es rarita. ¿Qué más leía?

- El libro que más recuerdo era el de la campaña de Napoleón en Egipto.

- ¿Bonito?

- Muy bonito. O la biografía de María Antonieta… Siempre me apasionó ese personaje al que le cortaban la cabeza. Biografías, cultura de lectura popular, lo que había en una casa…

- Hija única, además, ¿qué decía papá?

- Mi padre no responde al tópico de un militar. Cuando yo cumplí 10 años era suboficial y vivíamos en un cuartel de caballería. Para mí era normal. El otro día me encontré en una gasolinera con un escuadrón que llegaba en autobús y sentí hasta nostalgia.

- ¿Nostalgia? ¿De la infancia en el cuartel?

- Sí, para mí todo ese mundo era lo cotidiano, es al salir cuando te das cuenta de otras cosas.

- ¿Mucha disciplina?

- Normal. Tampoco en el colegio. Fui a uno de monjas, no eran demasiado severas. Era en Figueres, después seguí en Bétera.

- ¿Y aun así salió del Madrid? ¿No le digo a usted que resultó rara?

- No, hombre.

- ¿Desubicada?

- No tengo servidumbres respecto a cómo se debe ser. No voy a legitimar más mis colores. El otro día me regalaron una entrada por mi cumpleaños para ir al Bernabéu y fue muy bonito.

- También ha rondado usted mucho el Museo del Prado, donde se resguardaba de la lluvia mientras actuaba en la calle. ¿Con qué se queda, con el Bernabéu o el Prado?

- Con Cristiano Ronaldo.

- Volvamos al cuartel. ¿Cómo se recuerda de niña?

- Yo fui una niña solitaria. No me gustaba mucho la gente, y ahora, menos.

- ¿Ah sí?

- Sí, conforme me hago mayor me gusta menos. El niño crece.

- Tampoco cambiamos tanto sustancialmente. La infancia perdura.

- No soy muy diferente de como era de niña, pero no recurro a mi infancia para legitimarme como adulta. Hay muchas cosas que se me escapan. No sé y tampoco me pienso psicoanalizar para descubrirlas.

- Lo que muestra en su teatro, ¿de dónde sale? ¿De la rabia? ¿De la observación?

- El método de trabajo cambia. Cuando uno es joven intenta legitimar intelectualmente todo. Los procesos, las influencias, las citas. Te agarras a eso. Pero todo ha ido cambiando hacia una confusión organizada. Ahora dependo mucho más de los sentimientos.

- ¿Se está ablandando?

- No, los sentimientos son una cosa dura.

- Y frágil.

- Ésa es la gran contradicción.

- ¿Cómo se encuentra el equilibrio entre ambas cosas? ¿Qué se cuenta desde el sentimiento?

- La condición humana. Es imposible hablar de otra cosa que no sea del ser humano.

- Esa condición humana en la que usted no confía…

- Después de ciertas experiencias he llegado a una descon anza total. Me he fiado de gente equivocada. También he vivido un cierto desprendimiento con el compromiso de la idea de lo humano. Era algo que se imponía. He trabajado con la indignación frente a la injusticia, pero hay un momento en el que empiezas a desconfiar de lo que te rodea. Te aíslas. La gran consecuencia de la desconfianza es perder el vínculo con la idea colectiva. Unamuno hablaba de que somos carne y hueso en contraposición a la humanidad. No creía en los grandes compromisos. En ese proceso estoy. No en hacer compatibles intereses particulares con los universales. Hay un desgarro. Desconfías del hombre y crees que no puede existir nada, ningún orden capaz de controlar su mezquindad. Cuando te ocurre eso, como dice Houellebecq, vas de domicilio privado en domicilio privado.

- Así que sigue instalada en el nihilismo. ¿Carne de la nada?

- Es posible.

- Entonces, ¿para qué actuar? ¿Para qué decir?

- Ésa es la gran paradoja.

- Los artistas que como usted insisten en la mezquindad del ser humano ¿por qué nos deben producir más confianza que otros? ¿Cómo fiarnos de ustedes?

- No se fíe usted de mí, en absoluto.

- Me debo fiar. Si hemos quedado para una entrevista, me tengo que fiar. Pero ¿por qué? ¿Para qué dirigirse a to dos esos miembros de la condición humana que van a verla y según usted son miserables? ¿Qué quiere demostrar?

- Nada, no quiero dar lecciones. Lo haces porque necesitas exponerte. Es la misma contradicción que te lleva a otra inmersa en el arte: por más horrendo que sea lo que muestras, puede resultar muy hermoso. La creación existe a base de conflictos.

- Si no es un asco. Se basa en el conflicto: para construir y para destruir. ¿Usted construye o destruye?

- Eso es muy curioso. Construyo… Claro. Construyo. Si no, no hay estética. Es básico.

- ¿Pero sobre el nihilismo?

- No me lo explico. No lo sé. Me tenéis harta con el nihilismo. Pienso por lo que me indigna.El odio me hace reflexionar.

- ¿Qué odia?

- El mundo en general.

- ¡Vaya!

- ¿Para qué entrar en detalles?

- Algo amará. Con algo disfrutará de la vida.

- Gracias a que odio el mundo puedo disfrutar de lo bello. Gracias a eso. Y gracias a que ya puedo decidir qué me hace gozar o reconciliarme con la vida, ya que no con el mundo, con la vida. Eso me hace consciente de ese aislamiento que hablábamos. Cada vez me relaciono más con el mundo a través de lo que considero bello.

. ¿Qué es bello? Lo inexplicable, lo inefable, lo que te consuela… Tantas cosas. Pero son intransferibles.

- ¿Un gol de Cristiano? ¿Un exabrupto, una chulería de Mourinho?

- A mí me cae muy bien, es lo que nos hacía falta. Soy una gran defensora de Mourinho. Yo en mi casa veo partidos y películas.

- ¡Qué gran actor Mourinho!

- Claro, claro. Tiene que trabajar conmigo ya. Es excesivo. Me gusta la gente excesiva. Es fantástico. Suspendí ensayos en Aviñón para ver partidos del Mundial. El día de la final subí a saludar con mi camiseta roja. Depe queña hacía diarios con Naranjito y todo, con críticas a los porteros, al arbitraje.

- ¿En qué se parecen el fútbol y el teatro?

- No me he parado a pensarlo. No lo sé y ahora me da pereza… debería ponerme a escribir sobre eso, me sale mejor.

- Quizá Mourinho y el teatro le sugieran más.

- Es fantástico. No como Guardiola. No le soporto.

- ¿Por qué, mujer?

- Los que van de maestros no los aguanto, los que van de eso, paternalistas, humildes, sencillos, no puedo con ellos. Esa exaltación de los valores no me convence. Esa exaltación de la humildad me parece soberbia. Yo no me fío. Prefiero a Mou.

- Se lo regalo. Veo que usted es acérrima. Ultra.

- Bueno…

- ¿Qué aprendió en sus años callejeros?

- A colocar bien la voz.

- ¿Y a hipnotizar al público?

- La calle no ha influido nada en mis espectáculos. No tengo nostalgia de eso, ni de las salas alternativas. Al tiempo que trabajaba en el parque de atracciones hacía un espectáculo sobre la familia como lugar monstruoso con abusos a menores.

- La familia y Angélica Liddell son dos conceptos que no concuerdan, ¿o sí?

- No creo en ningún tipo de familia, ni de comunidad, ni colectivo. Creo en los equipos.

- ¿Pero no es más omenos lo mismo?

- No tiene nada que ver. La compenetración no es el amor obligatorio. El equipo no funciona así. Se generan relaciones humanas llenas de mezquindad, odio o bondad. Pero no es una familia, son otros vínculos; cuanto menos crees, mejor. Cuando los he creado, me he llevado una hostia, no quiero más vínculos, por eso confío en los equipos. Profesionales. No familias. Esto no es una opción, ni pensar así, ni ser así. No tengo opciones y trabajo con eso, con mis odios, enfangándome, como con barro. No tengo opción de cambiar mi naturaleza, así que cuando me hablan de nihilismo y esas cosas, me echo a reír. Porque no hay opción de nada. Tomas decisiones en la vida, y la mía es no crear vínculos.

- Pero si yo me alegro de que sea nihilista. Y claro que es una opción, como lo del equipo. No me enrede.

- Sí, sí, sí, claro.

- Como lo de detestar a la familia, no querer vínculos. Que sepa que es una opción.

- Ahora habrá que definir lo que significa esa palabra.

- Vale.

- Hay una incapacidad de todo el mundo en ponerse en el lugar del otro. Y esa incapacidad es la que nos impide sentir piedad. La mayor lacra que nos roe es eso, no tener piedad. Supongo que es natural y que cada uno lo ejerce a su manera, con desprecio, no sé.

- ¿Todo el mundo es incapaz de ponerse en el lugar del otro o solo los que usted ha conocido? ¿Con qué derecho habla usted de todo el mundo?

- Claro, con qué derecho. Si generalizáramos, apañados íbamos…

- Me resisto. Confío en las excepciones.

- Me las reservo para mí.

- ¿En qué anda ahora?

- Pues ahora me siento muy libre trabajando desde la confusión, me ha dejado de preocupar lo que debe ser el teatro o no.

- ¿A qué conclusión ha llegado sobre el teatro?

- A ninguna, es que no me interesa el teatro como debate. Me aburre y no me conduce a ninguna parte. No quiero entrar en él, a mí, con ir de mi casa a la sala de ensayos, me sirve. Y en ese triángulo me desenvuelvo y me siento bien.

- Por ejemplo, en esa discusión. ¿Para qué mostrar la violencia como la muestra usted?

- En el escenario nunca hay violencia, la violencia está en la cabeza del espectador. En la vida no tengo opción; en el escenario, sí. Elijo cierta estética.

- Pero usted ha llegado a cortarse la piel en escena.

- Eso pertenece a una tradición clásica. Por otra parte, aquello fue un acto de amor.

- ¿Sadomasoquista?

- No, en absoluto.

- ¿Un acto de amor a qué?

- Inconfesable. Hay cosas que solo cuento en mis piezas y no las vuelvo a comentar. Cosas de las que solo hablo cuando estoy en un escenario, cuando acabo no vuelvo a ellas.

- ¿Y de ‘El año de Ricardo’ puede hablar?

- Es otra cosa. A mí, Ricardo III me ha fascinado siempre. El texto lo escribí en el periodo de Las invasiones ilegítimas. Aquel año se hicieron muchos Ricardos III, creo que todos queríamos hablar del mal. Cómo nos afectaba aquel presidente que teníamos… Llevamos cinco años con él. Era mi manera de hablar de situaciones concretas, de las invasiones de pateras en el Estrecho, la España monstrua, insoportable, asfixiante, en la que era necesario gritar. Era una época en la que resultaba crucial mostrar indignación colectiva. Lo nuevo será mucho más individual, extremamente individual. Por eso necesito desvincularme de todo para abordar sin censuras ni buenismos, sin tópicos, de qué estamos hechos, de qué pobre material estamos hechos.

- ¿Y si en lugar de buscar esa cosa miserable de la condición humana encuentra algún ejemplo de grandeza?

- No lo excluyo. Pero hay mucha gente haciendo cosas. ¿Por qué tengo que ser yo? Ahora ya lo he hecho. En Los peces salieron a combatir contra los hombres, más grandeza y más fe en el ser humano no cabe. Lo hice con profundo amor.

- Había piedad, ¿le quedaba ese sentimiento entonces?

- Yo he pasado por un proceso, no es cuestión de que me quede o no. Necesito desvincularme.

- ¿Le gusta la soledad en el escenario?

- Me siento más a gusto, pero he encontrado a gente magnífica para acompañarme. Nunca me lo hubiera imaginado. Gente con la que me he compenetrado. Yo detestaba a los actores.

- ¿Por qué? ¿Prejuicios?

- No lo sé. Es compulsivo. Arrancaba los carteles de los otros en la Escuela de Arte Dramático.

- ¿Y para qué se mete en el mundo del teatro si no lo soporta?

- Pues porque yo vivo de contradicciones.

- ¿Quién no?

- Entonces no es tan extraño. Es normal. Estar en el mundo del teatro y detestarlo.

- Una vez dentro, puede serlo, pero desde fuera, querer, odiarlo y meterse es ‘friki’.

- Cuando tienes 18 años y te pones a estudiar… va sucediendo. Luego te relacionas en ese miedo y entre las alegrías y los dolores van venciendo estos últimos. Es muy común. Seguramente si fuera periodista detestaría ese mundo. Mejor. Hay veces en que las situaciones indeseables se vuelven muy creativas.

- Y al público ¿lo detesta?

- Tengo una relación conflictiva también con ellos.

- ¿Cómo es el público que acude a verla? No lo sé. Me gustaría que me amaran todos, que nadie se fuera, sentirme amada. Eso es lo que espero: que me amen.

- ¿Y va al teatro?

- No.

- ¿Cuánto hace?

- Es una cuestión de fobia. Intento no acudir a sitios que me provocan ansiedad.

- ¿Entonces no va por si lo que ve es mejor que lo suyo? Ja, ja, ja. No. Porque temo encontrarme a gente que no quiero ver.

- Haciendo amigos… ¿No la quieren en la profesión?

- No lo sé, no tengo ni idea.

- Si no va al teatro, ¿dónde aprende?

- Pues anda que no hay sitios donde aprender.

- ¿Por qué tendría entonces que ir yo a verla al teatro?

- No le digo a la gente que venga. Llegan y me resulta un misterio.

- ¿Qué buscan? ¿Qué les da? ¿Qué comparten?

- Que todos somos casi iguales, que a todos nos pertenece la tristeza, la alegría, el dolor.

- ¿De quién se siente más hija: de Shakespeare o de Fellini?

- De la Biblia.

- ¡Adiós! Ya salieron las monjas.

- La Biblia es un libro bellísimo. Su estructura, su fraseo, su tempo. Entre la Biblia y Homero, ahí estoy. Vámonos que yo ya estoy afónica, si tuviera función mañana…

- La niña del cuartel.

Angélica Liddell nació en Figueres en 1966 y vivió su infancia en el cuartel donde residía su familia. Estudió arte dramático y psicología. Pero no sabe bien cómo definirse: dramaturga, actriz, mujer de escena. Comenzó a hacerse ver y oír en los años ochenta. Desde entonces ha desmenuzado la violencia, el sexo, la soledad con visiones contundentes y nada complacientes que le han proporcionado premios y prestigio internacional.

Desde hace cuatro años vive de sus giras y sus espectáculos. Ha conseguido el Premio Valle-Inclán por El año de Ricardo, el de la SGAE por Mi relación con la comida y el de Innovación Casa de América, entre otros. Sus obras han sido reunidas en volúmenes como la Trilogía de la aflicción o Actos de resistencia contra la muerte.

¿Otra crisis del pan?

Nuria Tesón (El País)

Tema: Economía
Poco hay que los modernos egipcios no hayan heredado de sus ancestros, y el pan forma parte de su cultura y de su dieta desde tiempos faraónicos. Pero el pan al que los egipcios llaman aísh, que significa vida, es eso precisamente, la vida para muchos de ellos. En este país árabe de 80 millones de habitantes, más del 20% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, con menos de un dólar al día (el 40% lo hace con menos de dos dólares). Esto supone que el pan es para un elevado número de egipcios la base de una dieta en la que no abunda la carne, cuyo precio ronda hoy las 75 libras egipcias (10 euros) el kilo, mientras el sueldo de un catedrático es de 1.000 libras (133 euros) al mes.

Con el objetivo de paliar esta situación, Egipto compra una media de ocho millones de toneladas de trigo anualmente para producir pan subsidiado. Al menos de dos a tres millones los adquiere en el mercado nacional, mientras que entre cinco y seis millones más son importados del extranjero, según el Ministerio de Comercio e Industria egipcio. Por eso muchos ciudadanos se echaron a temblar cuando el pasado agosto Rusia, uno de los principales abastecedores de trigo de Egipto, el primer importador mundial de grano, anunció el aplazamiento de las exportaciones y el precio internacional del cereal se disparó de 170 a 350 dólares la tonelada.

Tal vez ninguna formación política logre que estalle una revolución en el país del Nilo que derroque al rais Hosni Mubarak, en su trono desde hace casi 30 años, pero una subida del pan subvencionado sí podría. A muchos se les ha pasado por la cabeza la crisis del pan de 2008.

Ese año, al menos 50 personas perdieron la vida en las aglomeraciones que se producían en las colas cuando las panaderías que venden pan subvencionado abrían sus puertas. El Gobierno se apresuró a incrementar los fondos para subvencionar el pan. El actual precio del aísh baladí (hogaza) es de cinco piastras (0,30 euros), pero su precio ha aumentado un 17,2% en el último año. Así que esta vez el Ministerio de Solidaridad Social ha anunciado una inyección de 3.000 millones de libras (unos 384 millones de euros) para poder mantenerlo.

Los egipcios, sin embargo, se revuelven. No ha llegado la sangre al Nilo, pero las protestas durante el pasado mes de septiembre se sucedieron contra los altos precios que ahogan a las familias. En 2008, la inflación superó en tres meses el 25%. Este mes de octubre, la inflación alcanzaba el 11,7%, y el precio de los tomates se disparaba de 2,5 libras el kilo (0,33 euros) a 15 (2 euros). Lo mismo ocurría con otros productos básicos. Un reciente informe del Ministerio de Desarrollo Económico refleja que en el último año los precios de la carne y aves de corral han aumentado un 28,6%; los de los productos lácteos, un 10,1%; los de la fruta, un 11,2%, y los del azúcar, un 12,1%.

El bolsillo y el estómago egipcio se resienten. No queda mucho que meter en la torta de pan.

La bahía más tóxica del Mediterráneo. Entre 1957 y 1990, una mina sepultó la rada murciana de Portmán con metales pesados

Rafael Méndez (El País)

Tema: Medio Ambiente

Retirar el 10% de los desechos costaría 120 millones y no hay presupuesto.
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Manuel se arrodilla sobre la arena negra y toma un poco en las manos. “Mire cómo brilla. Es el mineral que queda”. Y señala los destellos que emanan aquí y allá. Pasea por la playa de Portmán (La Unión, Murcia), lo que fue una majestuosa bahía, puerto natural usado desde la época de los romanos, es hoy el mayor vertedero de residuos mineros al aire libre de España. Los desechos de 33 años de la mina en la que Manuel trabajó como palista saturaron la rada (hasta 14 metros de profundidad) y arrasaron 12 kilómetros mar adentro. Es posiblemente el mayor desastre ambiental del Mediterráneo y, 20 años después de que cesaran los vertidos, la bahía sigue aterrada y sin solución a la vista.

Santiago Guillén, ingeniero técnico de minas jubilado delAyuntamiento de La Unión, sabe que cuesta entender cómo se ha llegado a esta situación. “En 1957 la empresa francesa Peñarroya pidió instalar aquí uno de los lavaderos de flotación más grandes del mundo”, cuenta en un céntrico café de La Unión, “ciudad minera y flamenca”. Las minas, de plata, oro, blenda, pirita..., habían sido explotadas desde los romanos. Pero lo de Peñarroya era otra cosa. “Un monstruo”, como define Santiago al lavadero, bautizado como Roberto.

Como las vetas eran malas, la empresa pasó a volar enormes cantidades de tierra y en el lavadero a tratarla con productos químicos para separar los minerales. Una ínfima parte era valiosa. El resto, la tierra mezclada con los reactivos y restos de plomo, zinc, cadmio, una especie de lodo parduzco, se vertía a la bahía. “Tiraban 40.000 toneladas al día al Mediterráneo”, se escandaliza Santiago.

Casi cada mes había que mover “el chorro”, como llamaban al tubo por el que salía el vertido mar adentro, pues ya se había comido el mar. Los pescadores, los únicos que se quejaron, fueron compensados con 25.000 pesetas y un punto de amarre en Cabo de Palos, unos kilómetros al este.

El Ayuntamiento de La Unión empezó un contencioso contra el vertido, pero contra el permiso franquista no tuvo nada que hacer. El Supremo falló que “el interés nacional” de la explotación de la mina, de la que salían el 20% de la plata de la Península y el 70% del plomo, era superior al del Ayuntamiento a proteger su bahía. Así, uno de los mayores atentados ecológicos del Mediterráneo siguió a la vista de todos hasta 1990. El alcalde de La Unión, el popular Francisco Bernabé, define el lavadero como “el Auschwitz del medio ambiente”. El Ayuntamiento está en un bello edificio modernista, herencia de la rica ciudad que fue La Unión.

Luis Martínez, ex presidente del comité de empresa de Peñarroya y mecánico en la explotación durante 25 años, pide comprensión: “En aquel momento no se veía la gravedad. La mina daba 400 empleos y nadie se quejaba. Era de la banca Rothschild, ganaron fortunas y nadie les pidió cuentas”. Martínez, que entró en la mina en 1965, no encuentra explicación a que la situación no haya cambiado en dos décadas: “Que se haya arreglado el Prestige y el vertido de Aznalcóllar y esto siga igual... Se cerraron los chorros sin pensar en las consecuencias”, afirma sobre la desprotección en la que quedaron los trabajadores y las vanas promesas de recolocación.

En 1989, cuando Greenpeace ya se había encadenado a los chorros, Peñarroya vendió la sierra entera, seis millones de metros cuadrados, a un precio ínfimo: una peseta el metro cuadrado. Martínez explica la operación: “España estaba ya en la Comunidad Europea. Ellos vieron que tendrían problemas con el principio de quien contamina paga; así que vendieron”. Compró Portmán Golf, de un promotor de la zona, que esperaba construir algún día allí. El temor de Peñarroya eran injustificado: en 1993 la justicia les absolvió de delito ecológico porque el vertido se había realizado con permiso.

La minería sin control ambiental es riqueza unos años y una carga durante generaciones. Así ocurrió en Aznalcóllar y en el vertido de Hungría. Pedro Baños, profesor de la Universidad de Murcia y autor de un libro sobre Portmán, dice que los materiales pesados en la arena “son relativamente inertes” y que no es un riesgo que la gente del pueblo se bañe allí.

La Administración ha presentado tres planes de recuperación de Portmán. Uno con Cristina Narbona como secretaria de Estado de Medio Ambiente, otro con el Gobierno de Aznar y un tercero con Narbona de ministra. El último proyecto, presupuestado en 120 millones, trataba de retirar un 10% de los 58 millones de toneladas de residuos —que ocupan 35 millones de metros cúbicos, como 35 veces el Bernabéu, por seis millones que se vertieron en Aznalcóllar—. Su objetivo es recuperar la lámina de agua en mitad de la bahía (solo en apariencia, no en profundidad). Fue anunciado en 2006 y sigue en tramitación.

El plan está pendiente de declaración de impacto ambiental, de que la Universidad de Murcia concluya un estudio pionero sobre cómo retirar metales pesados mediante calizas y de que la Comunidad de Murcia y el Ministerio de Fomento renuncien al puerto de contenedores de El Gorguel, a solo 700 metros. Francisca Baraza, jefa de la demarcación de Costas de Murcia, de Medio Ambiente, admite que ambos proyectos son incompatibles: “No tiene sentido gastar 120 millones si al lado va a haber un macropuerto”. Quedan muchos flecos, como que el dueño del terreno ponga dinero o compense con suelo al Gobierno. Portman Golf no ha querido hablar para este reportaje.

Mientras, la bahía romana de Portus Magnus es un chiste de mal gusto. En el antiguo club náutico, los puntos de amarre dan a tierra firme. Una placa en la pared reza: “Éste es el club más modesto de todo el gran litoral, que espera ese presupuesto para que el mar pueda entrar”.
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